En medio del bullicio de la vida, me vi en la obligación de detener mis pasos ante la luz roja de un semáforo.
Frente a mí se abrían dos calles de sentido único. De repente, vi que un vehículo se detuvo; el conductor estaba a punto de girar hacia la calle por la que yo debía avanzar, pero en dirección opuesta. Al notar su equivocación, no giró. Continuó recto, eligiendo el camino correcto.
Este pequeño percance me hizo reflexionar. La vida refleja este mismo entrecruzamiento de caminos. En la búsqueda de sentido, muchos se ven tentados a girar hacia senderos de autodestrucción: adicciones, vacío o conductas que los alejan de una vida plena.
Pero existe una verdad eterna que resuena con firmeza y amor. Jesús mismo lo proclamó:
Escrito está: Juan 14:6 "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí".
Cuando vemos a seres queridos perderse en direcciones sin salida, nuestro deber es encender la alarma. Nos toca alumbrar su senda con la Palabra, guiándolos con amor hacia donde está la verdad que nos hace libres.
Ora conmigo:
Señor, gracias por revelarme el camino a la vida eterna y por tu luz que ilumina mis pasos. Necesito recordar siempre que tú eres la verdad. Dame la sabiduría y la valentía para guiar a otros hacia ti. Que mi vida sea un faro de esperanza en medio de la confusión de este mundo. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y Amigo. Amén.

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