Muchas veces sentí miedo al futuro, a no ser suficiente, a fracasar en mi trabajo, a no lograr lo que esperaba, incluso, a decepcionar a mis seres queridos. Esa sombra de desconfianza se adueñó de mi por muchísimos años. La muy zángana se instaló en mis pensamientos y aunque aprendí a disimularlo con una sonrisa, Dios si sabía lo que realmente me entristecía.
El rey David pasó por momentos difíciles, pero nunca tuvo pánico porque solía decír:
Salmos 34:4 "Oré al Señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores"
Que diferencia tan profunda hay entre sentirse atemorizado y vivir esclavizado por él. David sintió desasosiego pero no se quedó ahí. Buscó a Dios, y en esa búsqueda encontró libertad.
Hoy son muchos los que continúan luchando con ese sobresalto, pero este versículo nos recuerda algo fundamental, no se trata de no tener miedo, sino de no quedarnos allí. El Señor nos escucha cuando lo buscamos con sinceridad. Él responde y su respuesta no es un alivio momentáneo, es liberación verdadera.
¿Te imaginas vivir sin ese peso en el pecho? ¿Sin ese pensamiento constante que no te deja dormir? Dios puede librarte de todos tus temores. No de algunos. De todos. Pero para eso, hay que escudriñar con el corazón, con humildad y confianza.
Ora conmigo:
Gracias Padre amado, por librarme de todas mis luchas. En el nombre de tu Hijo. Amén.


