Uno de los engaños más sutiles es el orgullo que nos hace mirar a los demás por encima del hombro. Es muy fácil caer en la trampa de creer que, por tener un poco más de conocimiento, una mejor posición económica, más logros o incluso una apariencia agradable, somos mejores que quienes nos rodean. Sin embargo, la grandeza a los ojos del mundo suele ser pequeñez ante los ojos de Dios, porque el Señor no mira las apariencias, sino las intenciones del corazón.
Busco discernir y nutrirme de la Palabra Sagrada para estar en condiciones de regar Semillas de Fe y Esperanza. Se que no será fácil y estoy consciente de que en determinados momentos el desánimo podría apoderarse de mi, porque así trabaja el que vive en la oscuridad, inyectando apatía, pesimismo y desaliento, de lo que si estoy segura es que el Mediador para llegar al Padre guiará mi nuevo peregrinar. Te invito a seguir mis pasos y a formar parte del "Devocional Mi Rosagena"
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miércoles, 1 de julio de 2026
¡EL PELIGRO DE SENTIRSE SUPERIOR!●
Escrito está:
Romanos 12:3 "Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura".
Creerse más que los demás construye muros invisibles que nos aíslan y destruyen relaciones. El orgullo nos ciega ante nuestros propios errores y nos vuelve implacables con los fallos ajenos. Olvidamos con facilidad que todo lo que somos, lo que tenemos y lo que hemos alcanzado no proviene de nuestras propias fuerzas, sino de la pura gracia y misericordia divina. Nadie tiene motivos para jactarse, porque al final del día, todos dependemos del mismo Creador.
El verdadero valor de una persona no se mide por cuántos están debajo de ella, sino por a cuántos está dispuesta a servir. Jesús, teniendo toda la autoridad, jamás usó su posición para humillar a nadie, sino que se acercó al necesitado, al quebrantado y al rechazado. La madurez real se demuestra cuando usamos nuestras ventajas o bendiciones no para compararnos y sobresalir, sino para levantar y bendecir a quienes están pasando por un momento difícil.
Ora conmigo:
Señor, limpia mi corazón de toda altivez y vanidad. Ayúdame a mirar a mi prójimo con ojos de amor y respeto, recordando que ante ti todos somos iguales. Dame la humildad necesaria para valorar a mis semejantes y servirles de corazón. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y Amigo. Amén.
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