Hoy miré el rostro rígido y severo de una señora a quien no conozco, y pensé:
“Qué triste es tener un corazón endurecido, darle entrada al rencor y vivir aislado”.
Dios no nos creó para la soledad, sino para permanecer unidos.
Ezequiel 36:26(b) "Les quitaré el corazón de piedra que ahora tienen, y les daré un corazón sensible".
En su infinito amor, Él nos promete un corazón piadoso, uno que no solo palpite, sino que ame. Ese nuevo corazón no es para guardarlo bajo llave, sino para ser un canal de reconciliación.
Pero, tristemente, nos dejamos dominar por lo mundano. Discutimos por diferencias de opinión, religión o política, olvidando que Dios nos llama a:
▪︎ Tender la mano en lugar de señalar.
▪︎ Escuchar en lugar de pelear.
▪︎ Disculpar, dejando atrás todo resentimiento.
Construir no es fácil, pero cada puente que levantamos es una oportunidad para que otros vean a Cristo en nosotros.
Si tu corazón se ha endurecido, pídele al Señor que lo transforme. No vivas encerrado tras muros de orgullo. ¡Ábrelo de par en par! Deja que Él lo vuelva afectivo y atrévete a ser ese puente que otros necesitan cruzar para encontrarse con el amor que lo perdona todo.
Ora conmigo:
Señor, tú eres el único capaz de transformar lo que yo no puedo cambiar por mí misma. Me entrego a ti y confío en que me convertirás en una nueva criatura. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y Amigo. Amén.
