Al pensar en poder, solemos relacionarlo con dinero, influencia o posición social. Sin embargo, Jesús dice que los mansos son los verdaderamente poderosos y ¡heredarán la tierra!
Escrito está:
Mateo 5:5 "Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra".
La humildad no es debilidad. Tampoco significa callar ante la injusticia o vivir con miedo. Ser humilde es reconocer que dependemos de Dios. Esto nos libera de la arrogancia y del orgullo que tanto dañan el corazón.
En el día a día, la soberbia divide hogares y rompe amistades. En cambio, la modestia une, restaura y abre puertas. Una palabra amable o un corazón dispuesto a pedir perdón tienen más impacto que una orden gritada.
Jesús mismo, siendo el Hijo de Dios, lavó los pies de sus discípulos. Ese es el verdadero poder:
• Amar sin esperar reconocimiento.
• Servir aunque nadie aplauda.
• Poner a los demás por encima de uno mismo.
• Servir aunque nadie aplauda.
• Poner a los demás por encima de uno mismo.
Cuando vivimos así, experimentamos su paz y su grandeza.
Ora conmigo:
Señor, necesito tener presente que las verdaderas victorias no se logran con gritos, sino con un corazón rendido a tu voluntad. En tu nombre oro. Amén.
