Hay una mirada que lo cambia todo. Me refiero a esa misma que vio al cobrador de impuestos escondido en un árbol, la que se cruzó con la mujer sorprendida en pecado, la que se detuvo frente a una viuda que lloraba la pérdida de su hijo, la que alcanzó a Pedro justo después de su negación y la que se cruzó con quien lo traicionaría por 30 monedas de plata. Esa es la mirada de Jesús.
El Mesías, siguió caminando sin dejar de cumplir con lo que estaba escrito y aún sabiendo que su crucifixión se acercaba, seguía deteniéndose por cada alma herida. Su tiempo se acababa, pero su compasión no.
Hoy, en medio de estos días que revivimos su muerte y resurrección, él vuelve a mirarnos. No con reproche, tampoco con señalamientos, sino con amor tierno, con ojos que lo han visto todo y aún así se detiene por ti y por mi.
Jesús no te mira de lejos ni te juzga desde lo alto. Él se acerca, te ve como a la viuda de Naín y te dice al oído: “No llores más”.
Lucas 7:13 "Y cuando él Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores"
¡Mi amado Maestro como no amarte...!, si en el momento más intenso de tu vida, seguías viendo corazones y levantando a los caídos.
Eleva tu mirada para encontrarte con la suya, te aseguro que su suave soplo te susurrará al oído:
"Hijito no estás sólo, yo sigo aquí para ti.”
Ora conmigo:
Padre, necesito tu mirada porque es la única que comprende, consuela y transforma sin juzgar. Gracias por no abandonarme ni siquiera cuando yo te he evitado. En el nombre de tu Hijo. Amén.
