Un barbero tenía una navaja reluciente con la cual desempeñaba su jornada diaria.
Cierto día de primavera, al negocio entró un rayo de sol que le permitió al filoso utensilio ver sus propios destellos.
Tanta belleza la llenó de orgullo y pensó:
"Siendo yo tan luminosa, no seguiré rasurando a esta cuerda de campesinos feos y ordinarios. Merezco algo mejor"
Dándosela de importante decidió esconderse un buen tiempo.
El hombre, al no encontrarla, tuvo que recurrir a una más vieja.
Pasaron seis meses para que la vanidosa navaja saliera de su escondite, quería ver de nuevo su propio brillo y deleitarse una vez más, pero, ¡amarga fue su sorpresa...!
Ya no resplandecía; estaba totalmente oxidada.
Entonces dijo:
"Esto me ha pasado por no seguir trabajando humildemente como antes"
El dueño trató de limpiarla y recuperarla, pero no pudo, el óxido la había inutilizado, motivo suficiente para arrojarla a la basura.
Salmos 138:6 "Aunque el Señor es grande, se ocupa de los humildes, pero se mantiene distante de los orgullosos"
No te llenes de soberbia y vanidad pensando que eres único e irremplazable, porque la altivez, puede llevarte a tu propia ruina y destrucción. Todos somos valiosos e importantes en nuestra faena de trabajo, ocupar un cargo de jerarquía no nos da el derecho de menospreciar ni lastimar a los demás.
Seamos condescendientes y trabajemos en unión porque solo así lograremos tener en nuestra mano, la clave del éxito.

