Así como el agua y el aceite no se mezclan, ocurre en nuestra vida espiritual. La luz y las tinieblas no pueden caminar juntas, porque el pecado y la santidad no se pueden combinar.
Vivimos tiempos donde lo malo es aplaudido y lo bueno se considera anticuado.
Quien crea que puede llevar una vida cristiana acariciando el pecado en secreto, como si Dios no lo viera, está equivocado. O somos agua pura o aceite contaminado.
Ahora bien, no estamos solos en esta lucha. La buena noticia es que se nos ofrece limpieza y perdón cada vez que nos acercamos a él con un corazón sincero. No se trata de aparentar perfección, sino de reconocer nuestras debilidades y correr a los brazos de un Padre que restaura.
1 Juan 1:8-9 "Si decimos que no pecamos, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros; ▪︎ pero si confesamos nuestros pecados, Dios nos perdonará. Él es fiel y justo para limpiarnos de toda maldad"
¿Cuántas veces has sentido la culpa como un aceite que mancha tu alma y al confesarlo delante de Dios, sientes la frescura del agua que limpia, que renueva y da libertad?
No se nos pide vivir sin errores, sino vivir con un corazón dispuesto a confesar, a cambiar y a caminar en su luz, porque donde él habita, no hay espacio para la doble vida.
Ora conmigo:
Señor, en Jesús encuentro un amor que no me rechaza, sino que me transforma. No quiero vivir dividida, quiero ser completamente tuya, sin reservas. Lléname de tu Espíritu para que cada decisión que tome refleje tu luz. Te entrego mis luchas, mis caídas y mis debilidades, sabiendo que tú eres fiel para levantarme. En el nombre de tu Hijo. Amén.
