Nabucodonosor era el hombre más poderoso de su tiempo y su palabra era ley. Pero a través de Daniel, Dios le recordó algo que muchos olvidan cuando están en la cima: todo poder, toda influencia y toda autoridad vienen de Él.
Leamos:
Daniel 2:37 — "Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad".
Vivimos en una época donde buscamos desesperadamente el “control”. Nos agrada mandar, no sólo sobre nuestras circunstancias, sino también sobre los demás. Es ahí cuando cometemos el error de aferrarnos a los logros y a las posiciones como si fueran permanentes.
Pero la corona, la superioridad o el bastón de mando no nos pertenecen.
Sea un puesto laboral, un ministerio, una familia o un don espiritual, todo lo que tenemos es un encargo divino. Dios lo pone en nuestras manos por un tiempo; no para que nos exaltemos, sino para que lo administremos con humildad.
¿Cuántas veces olvidamos esto?
Nos enorgullecemos de los éxitos y con jactancia decimos: “Esto lo logré yo con mi propio esfuerzo”, sin reconocer que fue Dios quien nos dio la salud, la inteligencia y la oportunidad de alcanzar esa meta.
Hoy el Señor te recuerda: Liderar con amor, actúar con justicia, servir con humildad y no olvidar jamás de quién viene la gloria.
Ora conmigo:
Señor, si alguna vez me olvido de ti, recuérdame que mi corona no es eterna, pero tu reino sí. Es mucho más sabio arrodillarme ante el verdadero Rey que sostener un trono que no me pertenece. Te entrego mi vida, mis talentos y mi posición. Úsalos para tu gloria. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y Amigo Amén.
