Leamos:
Salmos 100:1-3: “¡Canten alegres al Señor, habitantes de toda la tierra! ¡Sirvan al Señor con alegría! ¡Vengan a su presencia con regocijo! Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y de él somos. Somos su pueblo. ¡Somos las ovejas de su prado!”
Adorar a Dios no es algo exclusivo de los domingos en la iglesia.
Cuando alguien hace algo valioso por ti, ¿no nace de tu corazón agradecer, sonreír o incluso cantar de alegría? Así mismo debería ser con Dios. El problema es que muchas veces dejamos que la rutina, las dificultades o las quejas apaguen esa voz de gratitud. Nos levantamos pensando en lo que falta, en lo que salió mal o en lo que nos preocupa, olvidando que el simple hecho de abrir los ojos ya es un milagro.
No importa si tu voz no es afinada, si tu día ha sido difícil o si todavía hay problemas por resolver. La verdadera alabanza no depende de cómo te sientes, sino de a quién estás adorando.
Ora conmigo:
Señor, enséñame a vivir cada día con un corazón que celebre tu presencia. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y Amigo. Amén.
