Como seres humanos somos capaces de la mayor generosidad, pero también albergamos en lo más profundo envidia, resentimiento, rencor, rabia y un ego que busca dominarnos por completo.
El error más común en el camino espiritual es la comparación. A menudo caemos en la desesperación al ver a otros que parecen crecer más en su fe o vivir vidas más "perfectas" que la nuestra.
Gálatas 6:4: "Cada uno debe evaluar sus propios actos y estar satisfecho de sus logros sin compararse con los demás".
Cada camino espiritual es único. Nuestro crecimiento está en manos de Dios, quien nos guía a su manera y en su tiempo.Crecer no significa volverse un ser de luz impecable.
Crecer es tener la madurez de reconocer que tu sombra existe y que, si no la miras con honestidad, nunca alcanzarás la prudencia ni la sensatez. Deja de intentar aparentar ser "bueno" y empieza a trabajar en ser una persona íntegra.
Acepta que puedes amar a Dios y, aun así, sentir frustración con la vida. Tu fe puede estar cimentada en la roca y, al mismo tiempo, temblar de miedo ante la adversidad. Entiende que Él busca la verdad de quién eres, con todo y el desorden que te compone.
Salmos 51:6: "Tú amas la verdad acerca de lo que se oculta y quieres que yo sea sabio en lo íntimo".
El Padre no te pide que resuelvas tu complejidad humana antes de buscarlo. Te pide que lo busques precisamente para que, en su presencia, esa complejidad deje de ser una carga y se convierta en el mapa de tu transformación.
¡Aprende a estar presente en tu propia oscuridad sin dejar que ella dicte tus acciones!
Ora conmigo:
Señor, gracias por amarme en mi totalidad y no solo en mis mejores días. Dame la valentía de ser honesta conmigo misma, para que pueda ser transformada por tu verdad y no por mis propios esfuerzos. En el nombre de tu Hijo, mi Salvador y amigo. Amén.

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