Palabra del Señor:
Proverbios 22:6 "Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él".
Trabajé 34 años de forma ininterrumpida. No lo hice en una empresa de renombre, sino en un espacio acogedor donde enseñé a infinidad de niños y jóvenes. Algunos eran más rebeldes que otros, pero jamás los discriminé; al contrario, esa rebeldía desaparecía poco a poco con los abrazos y consejos que cada uno recibía de mi parte.
Recuerdo la vez que una representante me encontró sentada en el suelo jugando con mis pequeños. Entre risas, me dijo:
—"Profesora, este es el trabajo más fácil que existe".
Sonreí y sin levantarme del piso, le respondí:
—"Por sus palabras compruebo que usted aún no sabe que su hijo, a diario, me dice que cuando sea grande quiere ser como yo. Y fíjese cómo son las cosas: sin ser médico, logré diagnosticar sus carencias afectivas; y sin ser psicóloga, conseguí que creyera en sí mismo".
Su rostro me dio a entender que sintió vergüenza por su comentario. Sin embargo, me vi en la obligación de recordarle que, mientras ella dormía o veía televisión, yo planificaba cada detalle para que su hijo tuviera el mejor de los aprendizajes.
En este mundo, cada faena tiene su valor y es muy fácil juzgar sin estar en los zapatos del otro.
Hoy, levanto mi copa 🍷 y brindo. Porque para ejercer cualquier profesión en la vida, primero hay que pasar por las manos de un maestro.
Saber que alcancé y sembré más de lo que jamás esperé, ¡me llena de un absoluto regocijo!

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