¿Alguna vez has pensadoo en el estado de tu corazón?
Y no me refiero a su condición física, sino a la espiritual. Cuando David abrazó el pecado, clamó a Dios, consciente de su incapacidad para purificarlo por sí mismo.
Escrito está:
Salmos 51:10-12 "Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud! ¡No me despidas de tu presencia, ni quites de mí tu santo espíritu! ¡Devuélveme el gozo de tu salvación! ¡Dame un espíritu dispuesto a obedecerte!
David comprendió que la condición espiritual del corazón humano solo puede ser restaurada por quien todo lo puede.
Nosotros somos impotentes para cambiar la naturaleza pecaminosa pero si actuamos como él, debemos estar preparados para lo que la respuesta divina pueda implicar. Es posible que a través del Espíritu se nos pida renunciar a una parte de nosotros mismos con la que nos sentimos muy a gusto o quizás nos inste a pedir disculpas o a confesar algún pecado.
Él poda nuestros corazones, eliminando aquello que impide nuestro crecimiento y nos incita a liberarnos de la falta o transgresión que hemos acumulado.
Si él nos creó, podemos confiar en que él creará un corazón puro si se lo pedimos.
Ora conmigo:
Señor, concédeme el valor para acudir a ti en actitud de sumisión y poder detallarte cada una de mis rebeldías y desacatos. En el nombre de tu Hijo. Amén.

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