Leamos en el nombre de Cristo:
Salmos 138:6-7 "Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos. Cuando me encuentre angustiado, tú me infundirás nueva vida; me defenderás de la ira de mis enemigos, y con tu diestra me levantarás victorioso".
Hay algo profundamente hermoso en la forma en que Dios mira al humilde. En un mundo donde muchos buscan ser vistos, admirados y aplaudidos, el Señor fija su mirada en quienes bajan la cabeza; no por vergüenza, sino por reverencia.
A veces pensamos que Dios solo escucha a los grandes, a los que tienen ministerios reconocidos, a los que hablan bonito o a los que parecen más “espirituales”. Pero no es así: Él está cerca de aquel que tiene un corazón sencillo, del que reconoce su dependencia y no presume de sus logros.
La humildad no es debilidad. Es reconocer que, aunque tengamos fuerzas, talentos o recursos, sin Dios no somos nada. Es saber que la verdadera grandeza se encuentra en servir, no en ser servido.
Tal vez hoy te sientes invisible, ignorado o poco valorado. Pero escucha bien: Dios te ve. Él atiende al modesto y al obediente. Él escucha tus oraciones cuando el mundo guarda silencio. No necesitas demostrarle nada a nadie; solo sigue caminando con un corazón sincero, porque ahí es donde Él habita.
Él no se impresiona por la fuerza humana, la sabiduría del mundo, ni por los títulos o aplausos. Sin embargo, si tu corazón permanece humilde, el favor de Dios se moverá a tu favor. Él no busca personas perfectas, busca corazones sinceros. Y cuando encuentra un espíritu obediente, ahí derrama Su gracia.
Ora conmigo:
Señor, cuando el orgullo intente tocar mi alma, recuérdame que sin ti no tengo dirección, ni fuerza, ni propósito. Gracias por escucharme, incluso cuando mi voz tiembla, y por levantarme con tu diestra cuando creo que ya no puedo más. En el nombre de Jesús, mi Salvador y Amigo. Amén.

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